domingo, 9 de julio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 14. El informe Tirana



Resumen de los capítulos anteriores: Sebastián Canela, como empresario y amante de Arte, sabe mejor que nadie cuál es el sabor de la codicia, y se sorprende descubriéndola en el fondo de los ojos de Samuel Faro.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Samuel se encontraba cómodo trabajando allí abajo, junto a Mio. Había instalado su equipo en la pequeña sala circular ya libre de gases, y en ella se encerraba cuando tenía que pensar, como ocurría en aquella ocasión.
La autorización para el uso de los nanobots ya estaba firmada, pero antes de darle curso debía acompañarla de un informe para el controlador. Y en eso estaba, recordando el orden correcto de los acontecimientos que habían llevado a tan drástica decisión, ocurridos tras una conversación en la que Sebastián lo acusó de no ser humano...

Días antes

Fotografías de una felicidad ya pasada e irrecuperable saltaban del álbum que Samuel había guardado en el rincón más oscuro y polvoriento de los recuerdos, imanes que engañaban su brújula haciéndole perder el norte hacia la cordura. Durante años había evitado el dolor comportándose como un autómata –que no un cíborg, hubiera puntualizado Sebastián– y ahora, en lo que se tarda en dar cuenta de un vaso de naranjada, las defensas que con tanto esfuerzo levantaron anónimos cruzados se habían venido abajo estrepitosamente. De nuevo se encontraba en el mundo de los vivos, ¡y maldito fuera Sebastián por haberlo despertado del liberador letargo! ¿Qué le importaba la Tierra cuando el dolor le roía las entrañas como gusanos una manzana? ¿Para qué luchar? ¿Para evitar que otros perdieran su vida y su felicidad cuando él sólo deseaba morir? Y a pesar de todo recordó que tenía que regar la maldita planta.

Tras el ataque al hangar 335, por razones que no vienen al caso, el superior Canela me sugirió que visitara uno de los miradores de la estación.
Fui al que se encuentra junto al muelle de la escuela militar, cuyas gradas se hallaban ocupadas casi al completo por ociosos que disfrutaban de su tiempo libre antes del toque de queda. Desde mi asiento vi llegar a César Tirana, nuestro objetivo, acompañado por sus compañeros de pentágono. No se percataron de mi presencia.

Los chillidos de los niños y las distendidas conversaciones en voz alta apenas le molestaban, tan ensimismado estaba torturándose con las imágenes que vomitaba la caja de Pandora abierta de par en par, rodeándolo, chupándole las pocas ganas de vivir que tan celosamente había conservado desde el día en que encontró el mensaje de Cristina en su correo electrónico, palpitante como una herida abierta.
Los miembros del pentágono Sirio irrumpieron en el mirador en medio de un torbellino de risas y carcajadas, rompiendo la ensoñación de Samuel. Tres de sus miembros se divertían a costa de los otros dos, al parecer por el resultado de un ejercicio en gravedad cero llevado a cabo aquella mañana, y si a la que llamaban «Santa» parecía no haberle ido nada bien, César debía haberlo hecho fatal, pues sobre él caía un constante chaparrón de burlas que el joven aguantaba estoico, fija la mirada en el tráfico aéreo que arrancaba destellos ardientes al Sol del ocaso.
Samuel podría haberlos llamado al orden, como superior militar que era, pero maldita las ganas que tenía de un enfrentamiento con cinco adolescentes, así que escurrió el cuerpo hasta quedar eclipsado por varias líneas de rebisianos.

A través de la megafonía se informaba de los vuelos entrantes. En un momento dado se produjo un acoplamiento en el sistema de sonido y un pitido agudo hizo que todos en el mirador encogiéramos los cuerpos. Entonces entré en contacto visual con César, y vi que el muchacho también reaccionaba al pitido, aunque de forma extraña. Como si hubiera recibido una señal dijo: «335. Ataque en diez minutos».

–335 –musitó César como hipnotizado–. Ataque en diez minutos.
El pitido había traspasado el cerebro de César de parte a parte, dando marcha atrás a sus recuerdos más recientes para trasladarlo desde el mirador en que se encontraba hasta el ejercicio en gravedad cero que tanta guasa provocara en sus compañeros. Así, el pitido de ahora era el de entonces, aquel que lo dejó paralizado en medio del espacio con las manos a ambos lados del casco en un vano intento de taparse los oídos, viendo entre la niebla de sus ojos llorosos cómo se acercaban los instructores Flú y Mota, los asistentes de la profesora Valor, con los rostros desencajados por la certeza de que algo no marchaba bien... Y ahora recorría el trazado hecho con una raya fluorescente sobre la piel externa de la estación, con la gracia de un pez con las aletas mordisqueadas por un depredador, la voz de la profesora gritando órdenes y maldiciones desde sus auriculares… Y se hallaba en el habitáculo estanco que comunicaba el aula con la soledad del espacio, agarrado con las manos a las jambas de la puerta, inyectándose valor con cada nueva bocanada de aire… Y quedaban pocos minutos para que diera comienzo el ejercicio, esperando su turno en la larga fila de compañeros, la espalda empapada de frío sudor… Y… ¡STOP! El cerebro de César dijo basta, paró la imagen y a cámara rápida volvió al momento de dolor ocurrido durante el ejercicio en gravedad cero, cuando la prótesis aulló en su cabeza al interceptar una comunicación extraña que decía: «335. Ataque en diez minutos».

Dijo esas palabras una y otra vez mientras duró el pitido, usando en ocasiones el Código Nelson. Parecía absorto.

–335. Ataque en diez minutos. 335. Ataque en diez minutos –repetía César como un loro, y cuando el pitido paró, tan repentinamente como había empezado «Mercante Der Blaue Engel, de bandera alemana, atracando en el hangar 148, muelle 5. Cargamento de frutas y hortalizas…», el muchacho despertó al presente del mirador, olvidada aquella retahíla sin sentido. Se dio cuenta entonces de que sus compañeros lo zarandeaban violentamente y, cansado de burlas, se zafó con todas sus fuerzas de las presas que lo atenazaban, sin comprender que sólo intentaban sacarlo del ensueño que lo había dominado. Ben era el único que seguía remedándolo «335. Ataque en diez minutos. 335. Ataque en…», pero ya nadie le reía la gracia; estaban profundamente preocupados.

Me era imposible llegar al hangar 335 antes del plazo indicado, así que con la mayor discreción puse sus defensas en Código Rojo y aguardé en mi asiento, vigilando a César por si tenía que reducirlo, pero nada ocurrió.

¿Qué era exactamente lo que había ocurrido? Era imposible que el suceso presenciado por Samuel fuera una coincidencia. ¿Se referiría César al ataque frustrado de esa mañana? El buen término de la operación Mundo Feliz exigía desentrañar aquel misterio; no había tiempo que perder.  Sin levantar el Código Rojo en torno al hangar, Samuel puso rumbo a las oficinas centrales de Industrias Dimaco, donde esperaba encontrar a Sebastián. La pesada tapa de la caja de Pandora cayó desde las alturas con un golpe seco, guardando de nuevo aquel dolor que nunca tuvo que haber escapado, y con el primer aviso del toque de queda Samuel recordó que tenía una planta que regar.

Tras discutir el suceso con el superior Canela, determinamos que César Tirana Rico [01-NDR-61] debe estar relacionado de alguna manera con Nelson y el ataque al hangar 335, justificando el uso de los nanobots con el fin de extraer la información que posea.



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2 comentarios:

  1. Vuelve a nosotros la escena del ejercicio militar, que enlaza con este capítulo, pero ahora introduces un misterio que parece poseer la mente de César. El enemigo dispone sin duda de un arma poderosa pues es capaz de penetrar y controlar la mente. Queda abierta la posibilidad de ese ataque al hangar 335 y la duda de que se encontrarán los nanobots en el cerebro de César... si es que encuentran algo. Un saludo Bruno.

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    1. Poco a poco vamos viendo que César es un elemento clave en esta historia. ¿Descubrirán algo los nanobots? He de decir que son unos seres muy persistentes... al fin y al cabo, yo los he inventado, je, je, je.
      Hay colgado un nuevo capítulo, con el que dejo en suspense Rebis hasta después del verano, y en él he puesto un enlace desde el que descargar los 15 capítulos vistos hasta ahora en formato ePub, por si quieres lectura ligera para las vacaciones.
      Un saludo, amigo.

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