jueves, 30 de marzo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 8. El eslabón débil


Resumen de los capítulos anteriores: Ajeno a las intrigas que tienen como escenario la estación espacial Rebis, el pentágono Sirio se sumerge en un complicado ejercicio con fuego real, en total desventaja contra los peligrosos androides Africanos. ¿Quién de los cinco jóvenes sentirá en su organismo los efectos de la pastilla blanca?
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:
Érase una vez en Rebis - Capítulo 7. Ejercicio con fuego real

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Podían moverse sin el impedimento de las máscaras respiratorias. Avanzaban ligeramente agachados, las armas prestas, siguiendo las indicaciones del satélite UEA que los guiaba hasta la última posición conocida del campamento enemigo. Durante el segundo alto que ordenó Héctor para estudiar el mapa, Benjamín se aproximó a César y le comentó algo en voz baja, a lo que el muchacho respondió arqueando las cejas entre extrañado y pensativo, hecho que no pasó desapercibido al instructor Ramiro Corbacho. Seguía el ejercicio desde la sala de control y ese acercamiento, cuando era de dominio público la enemistad trenzada entre los dos chicos, no era normal.

–Dígame soldado –se dirigió al operador encargado de registrar el desarrollo del ejercicio–. ¿Se graban las conversaciones que mantienen los miembros del pentágono?
–Negativo, Señor, a menos que se especifique lo contrario antes de iniciarlo –el operador vio cómo Corbacho torcía el labio, disgustado, y previendo una reducción de sus horas libres se apresuró a ser de la mayor utilidad posible–. Lo que sí queda registrado es el sonido ambiente, para evaluar el grado de silencio que mantiene el grupo durante el ejercicio.
Anticipándose a la orden del instructor, el operador desbloqueó el sistema de audio y la voz del bosque llenó la sala, río alimentado de toda suerte de sonidos animales en el que retazos de conversaciones se deslizaban sinuosas como serpientes de agua. Por desgracia para Corbacho, eran demasiado quedas.
–Permiso para hablar, Señor. Tenemos orden de grabar en vídeo, de forma individual, a cada uno de los chicos.  Si lo cree conveniente, le puedo pasar la grabación que necesite.
–Menos es nada –reconsideró el instructor tras sopesarlo detenidamente–. Quiero saber lo que esos dos se traen entre manos.
El operador anuló la señal de un par de monitores que mostraban la actividad de los androides Africanos y subdividió cada pantalla en varias ventanas que mostraron a Benjamín y a César desde distintos puntos de vista. Aunque el encuentro se desarrollaba con evidente hostilidad, había una nota discordante que no encajaba en la melodía. ¿Le había dado César a Benjamín una pastilla? Bien podría tratarse de un simple chicle, o de un caramelo, pero eso tampoco encajaba con la conducta de aquellos dos gallitos. Tras pasar un par de veces la grabación del encuentro, Corbacho se dirigió al operador con una chispa de genialidad en los ojos.
–¿Sabe de alguien que lea los labios?

*        *        *

César luchaba en vano contra los efectos del fármaco. Sus compañeros lo miraban con una mezcla de compasión y rechazo fácil de comprender, aunque únicamente fue Benjamín el que propuso en voz alta abandonarlo hasta concluir la misión.
Una nueva parada obligada y otro bufido de Benjamín, que se apoyó con la mano libre de armas, la cabeza gacha mirándose las botas, en el árbol más cercano, mientras Héctor estudiaba por enésima vez la señal UEA como mera forma de alejar la mente del inminente y desastroso fin de la misión.
Desde su puesto de vigilancia, Julia no podía dejar de lanzar ojeadas a la desmadejada figura de César, conmovida por la suerte de su amigo, hasta que una sombra roja de ira cegó su entendimiento cuando hacia ella se acercó Benjamín con andares excesivamente chulescos, en opinión de la joven, rompiendo la formación. «Sorderita nos va a hacer perder el ejercicio -dijo el muchacho con una sonrisa bobalicona bailándole en la cara-. Podríamos dejar a la abuela aquí sentada y recogerla desp…». No lo vio venir. El puñetazo le partió la nariz en el tiempo tarda una víbora en atacar, y al momento la sangre manchaba de rojo el suelo mediterráneo. Chof, chof, chof, hizo. Julia, que esperaba en postura defensiva una respuesta violenta, se quedó totalmente paralizada cuando a los ojos del chico se asomó una luz que antes no estaba allí, como si la conciencia hubiera vencido durante unos segundos la espesa capa de nubes que la ocultaban hasta ese momento. Incluso creyó percibir una leve señal de agradecimiento.
–Era de esperar –escupió Héctor al suelo, defraudado con sus compañeros, y ordenó a Santa que le aplicara los primeros auxilios a Benjamín; ya era hora de intervenir como responsable de la misión.


*        *        *

El instructor Ramiro Corbacho se había alarmado sin razón. Las aguas volvían a su cauce... ¡Y de qué forma! Sólo lamentaba haber mostrado su inseguridad ante la silenciosa figura de Samuel Faro... y de su desconocido superior. Corbacho disfrutaba con el fracaso ajeno, y el que los pentágonos no pudieran superar los ejercicios desarrollados por el cuerpo de funcionarios de Nivel 2 le estremecía de puro goce. El sonido del bosque era superado cada vez con mayor frecuencia por gritos alterados y descuidado chocar de armas, lo que atraería inevitablemente la atención de los androides. ¿Cuánto tiempo necesitarían los Africanos para localizar el centro de la refriega? Con una siniestra parodia de sonrisa, el militar puso el cronómetro de su reloj en marcha.
«Excelente», no podía calificarse de otra forma. Círculos rojos marcaban en las pantallas los elementos hostiles camuflados en marrón y verde que cercaban a los chicos, aún inmersos en sus diferencias, y el instructor Corbacho lamentó no haber traído un cartucho grande de palomitas y un refresco con el que acompañar el espectáculo. Habían dejado la gigantesca plataforma móvil que los acompañaba ante un grupo de árboles excesivamente juntos, a fin de evitar ruidos acusadores, y una única unidad androide quedaba al cargo de interceptar al científico en fuga, más que suficiente con el comando enemigo neutralizado.
Los Africanos asaltaron el claro donde se hallaba el grupo con exquisita coordinación, y sin realizar un disparo desarmaron a los sorprendidos muchachos que apenas opusieron resistencia. El ejercicio había durado poco menos de dos horas, y un segundo después de su conclusión el operador regresó con un soldado imberbe que saludó al instructor sin saber a que atenerse.
–Le traigo a su experto en lectura labiofacial, Señor.
–Lectura... ¿Labioqué?
–Me preguntó si sabía de alguien que supiera leer los labios, Señor. Y aquí se lo traigo.
–Ah, eso. Que se siente por ahí.
»Ya no lo necesito.


B.A.: 2.017
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6 comentarios:

  1. se resolvió el ejercicio y vemos unos cadetes descoordinados y enfrascados en sus luchas personales que mucho tendrán que mejorar si quieren contener los peligros que se adivina acecharán a la estación en poco tiempo.
    Veo que el título del siguiente capítulo tiene un sugerente título con reminiscencias Homéricas, voy a para allá.
    Un saludo Bruno.

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    1. Por mucho que se empeñen los dirigentes de Rebis, siempre habrá luchas internas que rompan la unidad, y más entre chavales.
      Un saludo, Jorge.

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  2. Tenemos doble ración, ja, ja. ¡Qué bien!
    Voy con el comentario de este capítulo.
    Me ha encantado ese párrafo en el que haces hablar al bosque: "la voz del bosque llenó la sala, río alimentado de toda suerte de sonidos animales en el que retazos de conversaciones se deslizaban sinuosas como serpientes de agua" Lo vuelvo a poner entero porque me parece magnífico, digno de ser reproducido. También genial el momento del puñetazo. ¡Si es que lo he visto! Igual que esas gotas de sangre haciendo chof, chof, chof en el suelo mediterráneo.
    Vaya fiasco de ejercicio. Claro que, como diría alguien, ¡que se puede esperar si mandas a unos críos a hacer el trabajo de hombres!, ja, jaaa. Está claro que el simulacro ha puesto de relieve los puntos débiles… Bueno, seguiré leyendo amigo. Vuelvo pronto

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  3. Amigo Isidoro, no hay nada que me levanta más la moral que ver reproducidas aquellas frases que tantas vueltas le he dado hasta estar totalmente conforme con ellas; eso me corrobora que el esfuerzo ha valido la pena.
    Como fiel seguidor de mis relatos, ya sabrás que tiendo a usar las onomatopeyas, consecuencia de ser un seguidor de Pérez-Reverte, sin lugar a dudas; con ellas busco un resultado cinematográfico.
    Bueno, voy a ver qué te ha parecido el resultado de lo que se prevé un fiasco de ejercicio.
    Hasta ahora mismo.

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  4. Bueno bueno, un fiasco de ejercicio...por ahora. Porque sí, creo que aún no está todo dicho (claro que si es así nos podemos reír con mi comentario jajaja). Me da la sensación de que ha descartado muy pronto al intérprete, y quizás se está perdiendo algo importante.

    Bueno, como ha resaltado Isidoro, has hecho una buena recreación de esa selva que posteriormente se ha descrito acertadamente. ¡Sigue así, un abrazo!

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  5. Realmente, todo parece indicar que el ejercicio está condenado al fracaso, para alegría del instructor Corbacho.
    Gracias por los ánimos, amigo José Carlos. Seguiré en la brecha.

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