lunes, 23 de octubre de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 16. ¡Atentado!



Resumen de los capítulos anteriores: Los nanobots han confirmado que César es capaz, sin saberlo, de descifrar el código con el que se comunica Nelson. Samuel y Sebastián deben atraerlo a sus filas antes de que el enemigo contacte con él o decida su eliminación.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm… El patinador cogía aire por la nariz y lo expulsaba por la boca, acompasando la respiración a la fluida cadencia del movimiento. Realizaba giros cerrados en torno a los peatones que se cruzaban en su camino, el cuerpo encogido para oponer la menor resistencia, generando una corriente de aire multicolor que provocaba alguna que otra maldición entre los indignados obstáculos que quedaban rápidamente atrás.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Los patines de colchón de aire le proporcionaban una forma rápida de desplazamiento, el coeficiente de rozamiento cercano al cero absoluto. Éstos, unidos al equipo deportivo que vestía –rojo, amarillo y azul para el mono de tela elástica y casco negro con lentes integradas oscuras–, eran el camuflaje perfecto. Nadie sospecharía de un deportista por muchas veces que recorriera la calle y, además, le aseguraba una huida rápida.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ignacio Caneca tenía fama sobradamente demostrada de alcohólico, pero cuando se trataba de su trabajo como asesino a sueldo, «limpiador» en el argot del despiadado mundo en el que se movía, era el profesional más eficaz que se podía contratar, apagado el ansia etílica desde el mismo día del encargo a base de fuerza de voluntad y vasos de leche bien fresca.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. En breve debía ver al muchacho. En una calle peatonal sin ningún vehículo que hiciera de pantalla, un grupo de jóvenes cadetes embutidos en sus flamantes uniformes naranja sobre negro no iban a pasar desapercibidos, aunque pudiera darse el caso de que se hallaran en el interior de alguna tienda. No le preocupaba. Su cliente le había conseguido una hora para llevar a cabo la misión, tiempo más que suficiente para recorrer varias veces la calle hasta dar con él.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. ¡Allí estaba! Ahora sólo quedaba establecer el «contacto». Se llevó la diestra al hombro izquierdo y de un pequeño bolsillo sacó una aguja hipodérmica plateada que mantuvo firmemente agarrada mientras aumentaba la aceleración de la carrera, corrigiendo a cada nuevo impulso la leve descompensación que le provocaba la mano cerrada.
Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm…  Le daría un pequeño empujón, algo del tipo «Perdona, no era mi intención. ¡Qué torpeza la mía!», y para entonces, disimulado el pinchazo con el dolor del golpe, ya estaría actuando el veneno en el cuerpo del chaval, transportado rápidamente por el bombeo imparable del corazón hasta que éste sucumbiera quince minutos después, sin dolor, sólo una leve destemplanza anunciando el final, muerte que el limpiador firmaría para sí mismo en ese preciso momento. Con una nueva muesca marcaría la culata del Colt Navy 1851 de colección que colgaba de una de las paredes de su dormitorio, y la sustanciosa compensación económica obtenida por tan eficiente trabajo pasaría a engrosar su plan de jubilación contratado en cierto paraíso fiscal terrestre.
Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm…

*        *        *

Era bueno disfrutar de una hora libre a costa de un profesor enfermo. César caminaba animado, disfrutando de la cálida compañía de su recién estrenada novia, de la que no se separaba para chanza del resto de compañeros –«Agapornis» los llamaban a voz en grito–, aunque de vez en cuando su mente lo trasladaba a la reunión que para aquella tarde lo citara Samuel Faro. Era incapaz de recordar lo que podía haber hecho para merecer la atención del teniente, y eso lo intranquilizaba, por mucho que Julia hubiera alegado hasta la saciedad que, de tratarse de un castigo, habría sido informado al momento; el ejército no se andaba con tonterías cuando se trataba de mantener la disciplina. A esas alturas del día, la joven ya había desistido en restarle importancia al asunto y así, cada vez que César sacaba a relucir el tema, la chica resoplaba aburrida y cambiaba cortante de tema. Lo único que César podía hacer entonces era guardarse para sí las funestas visiones con las que lo torturaba su perversa imaginación y buscar el olvido en las intrascendentes conversaciones de sus compañeros.
De forma imprevista, César sintió cómo alguien lo empujaba violentamente hacia delante, arrastrando en su caída a todos sus compañeros de pentágono. Una punzada de dolor le taladró la pierna izquierda allí donde un transeúnte, un deportista por sus llamativas ropas, tropezó al intentar esquivar en vano la montaña humana que se había materializado ante él, siendo proyectado por encima del montón gimoteante para caer cuan largo era sobre el brazo derecho, que quedó atrapado bajo su cuerpo en una postura forzada. Apoyándose en la masa que lo envolvía, sin atender a los quejidos que sus intentos por enderezarse provocaban, a duras penas César pudo incorporarse con la única idea de socorrer al deportista, que se había llevado la peor parte en la caída, pero éste hizo caso omiso a sus buenas intenciones, se levantó con esfuerzo e inició una lenta carrera sin mirar atrás.
–Si se larga es que está bien –gruñó Ben desde el suelo–. ¿Puedes ayudar a los que verdaderamente se encuentran en apuros?
Ya había algunos curiosos que ayudaban a desenredar la madeja de cuerpos entrelazados, y al poco estaban otra vez en pie, sacudiéndose el polvo de los uniformes y lanzando miradas asesinas a César, que se deshacía en disculpas notablemente azorado.
–¿Qué ha ocurrido? –le preguntó Julia con evidente preocupación. El pentágono había puesto rumbo a la escuela y la chica cerraba la marcha junto a César para poder hablar con tranquilidad.
–No me vas a creer.
–Inténtalo.
–Está bien. Sentí como si alguien me empujara… Una mujer.
–¿Una mujer? –preguntó suspicaz, ofendida la naturaleza femenina oculta bajo el soldado–. César, tus hormonas descontroladas te están haciendo ver tetas donde no las hay.
–Ella me habló –dijo muy serio el chico, absorto en sus recuerdos–. Y me advertía de un peligro…

*        *        *

Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm. El brazo derecho le colgaba inerte, dislocado el hombro a causa de la caída. La tela rasgada por el encontronazo dejaba al aire sus rodillas ensangrentadas, e igualmente desolladas tenía las palmas de las manos y el lado derecho de la cara, donde un par de dientes bailaban entre ríos de saliva rojiza que caían, para sorpresa y escándalo de los transeúntes, en gruesos goterones que manchaban su pecho estampado. Pero nada de eso le importaba, ni siquiera la inflamación que poco a poco le cerraba el ojo de la zona afectada; su atención se centraba en la rémora plateada que le colgaba del estómago y que se balanceaba con cada nuevo impulso que lo alejaba más y más de la calle peatonal, desgarrando la carne. Teniendo en cuenta que el esfuerzo físico no hacía más que aumentar el ritmo sanguíneo, en menos de quince minutos la muerte le alcanzaría tras una leve destemplanza, y pasaría a ser una muesca más en el viejo palo de la guadaña inmisericorde.
Otro limpiador se encargaría del objetivo. Como compensación por su falta de profesionalidad, debía borrar todo rastro que pudiera poner al chico sobre aviso; su cuerpo no debía ser objeto de una autopsia que provocara la curiosidad de la policía rebisiana. Recordaba un vertedero de desperdicios cercano y en él una trituradora. Lástima que no hubiera tiempo para una última copa.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm…


B.A.: 2.017

lunes, 16 de octubre de 2017

Ángel de alas borrosas


Nota: Relato ganador del concurso de octubre de "El tintero de oro",
convocado por el blog "Relatos en su tinta".
Corregido por Grisel R. Núñez (www.cafeteradeletras.com)




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Inspirado en hechos reales

Desde muy pequeño supe que un ángel velaba mis sueños. Mi madre, como madre que era, siempre escuchaba tan extraordinaria afirmación con una dulce sonrisa en los labios, alentándome a contarle los pormenores tras prepararme un gran tazón de Cola Cao. Mi padre, en cambio, nunca fue dado a confidencias. Aunque nuestra relación siempre ha sido correcta, de cariñoso tiene lo justo, por razones pasadas y familiares que nunca tuvo necesidad de revelarme, y resolvía la cuestión con un gruñido incrédulo que disparaba con certeza de francotirador por encima del libro que estuviera leyendo en ese momento. Pero mi ángel de la guarda existía y cada noche notaba su presencia como una cálida presión sobre la espalda que me ayudaba a vadear las aguas embravecidas por los vientos oscuros de las pesadillas.
Se ve que a mi ángel solo le habían asignado el turno de noche. Quizás sufriera insomnio, como le ocurría al protagonista de Taxi Driver, o a lo mejor estaba pluriempleado y por el día trabajaba de guardia de seguridad en unos grandes almacenes. ¡Qué sé yo! La cuestión es que en el colegio sufrí el acoso de algunos niños de cursos superiores, lo que ahora se conoce como «bullying», y mi ángel nunca me defendió de ellos con espada flamígera en mano. El problema se resolvió favorablemente cuando la naturaleza quiso obsequiarme de la noche a la mañana un palmo más de altura que no dudé en aprovechar, en ocasiones de forma contundente, para qué lo voy a negar, y la vida siguió de esa manera hasta que un buen día, coincidiendo con mi décimo cumpleaños, mi ángel desapareció para siempre sin notificación previa.
Me enfadé con él durante una buena temporada, rebelándome contra la religión en general y la jerarquía angelical en particular, hasta que mi madre consiguió disolver la amargura del abandono asegurando, con la certeza con la que solo lo puede hacer una madre, que se había ido porque yo ya no lo necesitaba, como lo hacía Mary Poppins cuando el viento soplaba del oeste. Acepté a regañadientes que ayudara a otros niños que lo necesitaban más que yo pero aún así, sobre todo en los días de tormenta, echaba de menos su calidez en mi espalda.


Hoy hace una semana que vino al mundo Ángela, su tercera noche bajo el techo de nuestra modesta vivienda. Ha sido un día especialmente duro para mi esposa, y entre toma y toma nocturna, se ha rendido a un apacible sueño del que no la he querido despertar cuando la pequeña reclamó por vigésima vez nuestra atención. Así que me he levantado, calmando su intranquilidad como buenamente he podido, para después dejarla suavemente de nuevo en su cuna. Y como padre novato, acongojada y acojonada el alma por aquel terrible mal al que los médicos llaman muerte súbita del lactante, le he puesto la mano en la espalda, buscando su respiración. En ese preciso momento he sabido que mi ángel de la guarda realmente existió, y que estaba más cerca de lo que jamás hubiera creído.
Mañana preguntaré a mi padre sobre ello, aunque sé que solo hablará en presencia de su abogado. Mi padre… ese ángel silencioso que protegió los sueños de mi infancia de males reales e imaginados. Mi cuerpo cálido y vulnerable pudo más que la armadura de hielo con la que se cubrió con testaruda obstinación, y por eso, aunque algo borrosas, se ganó sus alas con el tañido de unas campanas anunciando el nuevo día.


B.A.: 2.017

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Nuevo en esta plaza


Nota: Relato para el concurso de septiembre de "El tintero de oro",
convocado por el blog "Relatos en su tinta"


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–Los ciudadanos merecen saber la verdad.
–¿Verdad? ¿Qué verdad?
–La que oculta este despreciable espectáculo.
Algo de trascendencia debe haber ocurrido en el coso taurino pues el público se ha levantado como una ola multicolor de los duros asientos de piedra que las maltrechas almohadillas apenas ayudan a hacer confortables, llamando la atención de los contertulios con los vítores y aplausos que atronan el cielo mediterráneo. Don Valerio Harnero de la Mar, propietario de la ganadería Mordelón, contrae el gesto, disgustado, y hacia su yerno acerca el oído para que le cuente los pormenores de lo ocurrido durante el Tercio de Varas.

miércoles, 26 de julio de 2017

Flores para Camden Square



Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater para ir a Camden. Tengo formas más directas de llegar allí desde mi pequeño apartamento de alquiler en Queensway, lo sé, pero en King´s Cross hago transbordo en la línea de autobús 390, y el hormigueo incesante y cosmopolita de la estación es un espectáculo que siempre me gusta disfrutar. 

sábado, 15 de julio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 15. Los nanobots



Resumen: Rebis se despide... hasta septiembre. Y para celebrar la llegada de las vacaciones, nada mejor que un nuevo capítulo y una promesa cumplida: os dejo el enlace para que podáis descargaros los 15 primeros capítulos de esta space opera en formato epub. Ni que decir tiene que si encontráis algo problema con el archivo o la descarga me lo indiquéis para que lo pueda resolver lo antes posible.



Y ahora el nuevo capítulo. Buen verano.

Resumen de los capítulos anteriores: La orden para el uso de los nanobots ya ha sido firmada, pero antes de poner en ejecución el operativo, Samuel debe dejar constancia en un informe las razones de tan drástica decisión.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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La estación tenía problemas de plagas. Como ya ocurriera en la Santa María o en el Mayflower, toda suerte de fauna emigrante había viajado escondida en los vehículos de enlace con la Tierra para hacer de Rebis su hogar de acogida.
De entre todas ellas destacaban los «bicheros», la especie autóctona de la era espacial, insectos así llamados por sus largas patas delanteras, acabadas en una garra ganchuda, que mantenían recogidas ante la cabeza. Estos pequeños seres habían evolucionado durante generaciones para hacer de las condiciones extremas del espacio su habitad natural, los primeros en escapar cuando la astronave en la que viajaban estaba destinada a la catástrofe, y era todo un espectáculo ver cómo tejían a su alrededor una burbuja de oxígeno para alejarse flotando del vehículo sentenciado como pompas de jabón. Entonces les llegaba el turno de esperar, y esperaban, esperaban, esperaban,… racionando el oxígeno hasta que recalaban en un nuevo huésped, al que se agarraban con la ayuda de los ganchos de sus patas delanteras, o morían de alguna de las muchas formas de las que se puede morir en el espacio.

domingo, 9 de julio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 14. El informe Tirana



Resumen de los capítulos anteriores: Sebastián Canela, como empresario y amante de Arte, sabe mejor que nadie cuál es el sabor de la codicia, y se sorprende descubriéndola en el fondo de los ojos de Samuel Faro.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Samuel se encontraba cómodo trabajando allí abajo, junto a Mio. Había instalado su equipo en la pequeña sala circular ya libre de gases, y en ella se encerraba cuando tenía que pensar, como ocurría en aquella ocasión.
La autorización para el uso de los nanobots ya estaba firmada, pero antes de darle curso debía acompañarla de un informe para el controlador. Y en eso estaba, recordando el orden correcto de los acontecimientos que habían llevado a tan drástica decisión, ocurridos tras una conversación en la que Sebastián lo acusó de no ser humano...

viernes, 30 de junio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 13. El sabor de la codicia



Resumen de los capítulos anteriores: Al final de un largo corredor, encerrada en un círculo de horrores, Samuel Faro a la bella Mio.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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El Viejo, Jeremías. Seudónimo del empresario e investigador químico rebisiano Jeremías García Montenegro (2.322 - ).
Siendo muy joven, hereda la empresa familiar de logística Jeremías e Hijo, llevándola a cotizar en bolsa cuando se hizo con el monopolio del transporte entre la Tierra y Rebis. Con 53 años comienza sus estudios universitarios de química, donde sus compañeros lo apodarán como el Viejo. Cuatro años después, descubre y patenta el GMV-57, una sustancia de máxima viscosidad que absorbe casi la totalidad de los traumas externos que pueden producirse en el viaje espacial, revolucionando el transporte de mercancías delicadas.
A los 75 años cede la dirección del imperio, rebautizado como Tres Jotas Logística, a su hijo Jeremías, al que llamarán el Joven.

Datos extraídos de WikiRebis

lunes, 5 de junio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 12. Sirenas



Resumen de los capítulos anteriores: Un mensaje extraño ha llegado al ordenador personal de Sebastián Canela. Habla de un corredor oculto y de un secreto escondido. Samuel será el encargado de explorarlo.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Los escollos estaban salpicados de espuma de mar, maderas podridas y recuerdos de vidas pasadas. Las sirenas elevaban sus cantos hacia la nave en huída y los fieles compañeros de Odiseo, sordos a las súplicas y amenazas que les gritaba su rey desde el mástil al que se había ordenado atar, batían las aguas cristalinas con lo remos, espoleados por el más ciego de los terrores.
Samuel dejaba atrás las puertas que tachonaban las paredes del corredor sólo por férrea voluntad. Aún sabiendo que iban por buen camino... ¡Aún sabiendo que ése era el único camino!, el rebisiano que llevaba dentro le ponía en constante duda, animándolo a entrar en alguna de las habitaciones laterales. ¿Y si en algún momento habían girado y estuvieran andando sobre sus pasos? ¿Y si el mensaje fuera falso? ¿Y si estaba equivocado y sus hombres seguían vivos? ¿Y si…?
Hacía varias horas que exploraban el corredor sin que se produjera ningún cambio, y Samuel empezó a identificarse con el gato de los dibujos animados que persiguiendo al ratón ve pasar una y otra vez la misma puerta, la misma lámpara, el mismo piano… ¿Cuántos pianos puede haber en una casa? Aunque, si era totalmente sincero consigo mismo, algo sí había cambiado; la atracción que sintiera en el despacho de Sebastián era más intensa con cada paso que dada.
–Lo siento, Señor –dijo el soldado Diego Masía, colocado a su derecha, cuando la boca de su arma le rozó a la altura de las costillas–. He chocado contra la pared.
Desconcertado, Samuel clavó la mirada en el turbado joven, el delgado hilo de los pensamientos rotos, para luego seguir la pared hasta el final del corredor, que se le antojó más iluminado que al principio. ¿Sería víctima de un espejismo? «He chocado contra la pared», se había excusado el soldado. Guiado por un soplo de inspiración, Samuel midió a zancadas el ancho del pasillo, comprobando que se había reducido notablemente. Todo parecía indicar que el final del corredor se hallaba cerca y así se lo hizo saber a sus hombres, encabezando de nuevo la marcha.
–Señor –la voz del soldado Masía, antes firme pese al bochorno, denotaba ahora una tremenda inseguridad–. Algo no va bien. Noto como si me... llamaran –concluyó sin convicción, ante lo que su compañero de armas estalló en una tremenda risotada para enojo de Samuel.
–Gabriel Esteban Asenjo –el aludido apretó los dientes como si su superior lo hubiera abofeteado, conteniéndose de mala gana. Odiaba el nombre con que lo había bautizado su padre un día de borrachera, y más de una pelea dio comienzo cuando labios indebidos lo habían pronunciado–. No toleraré de nuevo ese tipo de comportamiento...
»Además, yo también lo noto.
–Pues yo no –escupió entre dientes Gab, como lo llamaban los colegas de juerga y pelea los días de permiso–. Malditos zumbados josdep...

*        *        *

El corredor se inundó de ruido, ahogando los oídos del trío parapetado tras el androide de carga. Disparaban hacia el humanoide de brazos largos, colmillos animales y mirada fiera que se había materializado ante la puerta en la que terminaba el corredor, plantado como el portero de una discoteca que se reserva el derecho de admisión.
Ciego y asfixiado por los gases de las armas incandescentes, Samuel detuvo el fuego con sendos golpes en los cascos de sus hombres, calándose como ellos la máscara de oxígeno, y en tensa posición de defensa esperaron hasta que la niebla grisácea terminó por diluirse, lo que hizo muy lentamente debido a la falta de ventilación. El rectángulo de la puerta se había agrandado de forma irregular, acribillado todo su alrededor por los impactos de los proyectiles perdidos, y de la grotesca aparición no quedaba más que sus restos esparcidos en varios metros a la redonda. Nada de sangre o vísceras, sólo polvo y cascajos recordaban al centinela.
–¡Una estatua! ¡¡UNA JODIDA ESTATUA!! –bramó el soldado Asenjo tras patear la mascarilla resquebrajada del enemigo vencido, y el sentimiento de frustración, aunque no quisieran reconocerlo sus compañeros, era generalizado. Se habían comportado como niños asustados ante una videollamada a medianoche; sólo había sido necesario un pequeño empujón para que el miedo les nublara la razón, delatando su presencia con un ataque innecesario. Molesto consigo mismo, Samuel se adelantó a sus hombres entre chasquidos y lamentos de cascotes, y examinó a la luz del foco la estancia que guardara el inofensivo centinela.
–Camino despejado. Soldado Masía, deme la posición.
–No se lo va a creer, Señor –la pantalla del sistema de posicionamiento UEA iluminaba desde abajo su rostro lampiño–. Estamos bajo el Salón Prometeo.
¿El salón de reuniones de Rebis? ¿Sabría su constructor de la existencia de la sala subterránea? Era aquella un habitáculo circular sin más salida que la que bloqueaban. De reducidas dimensiones, el foco la iluminó en su totalidad, proyectando muros de compacta sombra al impactar con cada una de las estatuas allí diseminadas, colocadas para formar un círculo de horrores en torno a la más bella imagen que jamás antes hubieran visto. La delicadeza de las líneas con las que el escultor había esculpido a la joven contrastaba con los trazos duros y agresivos de las formas circundantes, y la policromía era exquisita. Tenía un aire a la desaparecida sirenita de Copenhague, aunque vestía sus curvas con etérea gasa delicadamente cincelada, y mantenía la mirada fija en un punto situado más allá de la puerta destrozada, sus perfectos rasgos surcados por pequeñísimas arrugas de suprema concentración. ¿Cuál podría ser el objeto de estudio de aquellas dos gotas de ámbar que tenía por ojos? En ese canal de energía sólo se encontraba la estatua ahora destrozada, curiosamente la única que rompía el círculo de monstruos, como si la hubieran empujado hasta sacarla de la habitación. ¿Tenía sentido aquello? Samuel dejó las teorías y conspiraciones a un lado y se abandonó a la contemplación de la diosa, situándose junto al soldado Masía que también se mostraba embelesado por ella.
Gab, que no sabía qué pensar del trance místico en el que se habían sumido Samuel y el pipiolo de su compañero, dio una vuelta completa por el borde exterior del círculo, sin sentirse con ánimos de atravesarlo hasta que no llegó a su punto de ruptura. Estudió al trío estático, deslizando la vista por las sugerentes curvas de la imagen, pero pronto encontró aburrida la húmeda exploración; no había piedra que pudiera compararse con la calidez y turgencia comprada a bajo precio en cualquier tugurio de la zona vieja de Rebis.
–Caballeros. Id a la base en busca de algunos hombres más. Inmediatamente –Samuel había vuelto a la razón y las consecuencias se preveían agotadoras para los dos soldados–. Quiero todo esto fuera de aquí lo antes posible. Todo, menos a ella.
»Podéis llevaros el foco, no lo necesito.
Y allí quedó Samuel, sentado en el suelo con la vista clavada en aquellos ojos dorados ahora libres de tensión, sumiéndose en una oscuridad cada vez más densa a medida que los hombres se alejaban de la sala con la ira y el foco encendidos. Lo último que los soldados escucharon antes de que el crujido de las suelas acallaran la voz de su superior fue: «Por fin te he encontrado, Mio».


B.A.: 2.017


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lunes, 29 de mayo de 2017

En tierra de nadie


Nota: «En tierra de nadie» fue mi propuesta para el reto especial convocado por la comunidad Relatos Compulsivos para celebrar su primer año de vida. El relato debía tener una extensión máxima de 350 palabras y empezar por la frase «Hoy hace un año».
Compartió la tercera posición en el concurso con un gran autor, Héctor Fariña, por lo que tuvo el honor de ser leído en directo en el programa «Vérsame mucho» de Raquel Fraga. Al final del relato he colgado un pequeño vídeo con la lectura de aquel día.

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Hoy hace un año que nos conocimos en Ypres. Era la primera Navidad que pasaríamos alejados de la familia, hundidos en la miseria de una guerra que duraba ya cinco meses, y todos, a ambos lados de la treintena de metros que separaba nuestras trincheras, echábamos en falta el calor del hogar.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 11. Dentro del laberinto



Resumen de los capítulos anteriores: Tras creer que el ejercicio de fuego real había sido un completo desastre, Samuel Faro informa a Julia que se les ha dado por bueno, provocando un acercamiento entre la chica y César largo tiempo esperado.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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El virus funcionó con la eficacia esperada. El programa ejecutado por Samuel eliminó del dispositivo de Julia cualquier pista que pudiera señalarlo como responsable del envío del archivo sonoro –«Te mando un canto a la esperanza, pero también de lucha contra la opresión», había escrito en el mensaje adjunto–, medida más que necesaria en aquella cueva de lobos que era Rebis; nunca se sería lo suficientemente precavido en la estación. Tras comprobar que el borrado se había realizado de manera satisfactoria, Samuel se reunió con los seis soldados que lo acompañaban, centrando como ellos la atención en el trabajo metódico y cauteloso del androide de carga.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 10. Bocho, Los Suaves y el Kobayashi Maru


Resumen de los capítulos anteriores: El ejercicio con fuego real fue superado gracias a la alianza no esperada entre César y Benjamín. Pero los miembros del pentágono Sirio no contaban con el instructor Corbacho, que dio la victoria por nula alegando que habían hecho trampas.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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A Benjamín le volvía a sangrar la nariz. Con la culpabilidad tiñéndole de rojo las mejillas, Julia hurgó en todos y cada uno de los bolsillos del traje de combate que aún vestía, a la búsqueda de un pañuelo con el que parar la hemorragia de su compañero. Fue entonces cuando un ángel desaliñado acudió en su ayuda, ofreciéndoles un paquete de pañuelos sin desprecintar con tanta diligencia que rayaba el servilismo.

jueves, 20 de abril de 2017

Terapia para el señor Milton



Llevaba más de quince años ejerciendo la psiquiatría. En ese tiempo, el doctor Edmundo Greyes había aprendido que nada relajaba más a sus pacientes que el encontrarse en un entorno conocido, esperado, aunque lindara ridículamente con la teatralidad. Así, lo primero que vio el señor Milton cuando entró en el despacho fue un enorme diván junto al que esperaba sentado el psiquiatra con las piernas cruzadas, sosteniendo entre sus manos una libreta y un lápiz bien afilado. Todo muy hollywoodiense. «Cuénteme», le animó el doctor Greyes mirándolo por encima de sus gafas de montura metálica, y Adolfo Milton, estirado cuan largo era sobre el diván, se dejó ir, desgranando una historia de tintes pesadillescos que ya duraba un buen cuarto de hora.

jueves, 30 de marzo de 2017

Sesión doble de «Érase una vez en Rebis»



Como la Semana Santa se acerca y es más complicado encontrar tiempo para este Rebis que lucha por salir de mi cabeza, os ofrezco una sesión doble de la space opera «Érase una vez en Rebis».

Aquí tenéis los enlaces:

Érase una vez en Rebis - Capítulo 9. Caballo deTroya


Resumen de los capítulos anteriores: Sin poder contar con César, rodeados de los peligrosos androides Africanos, el pentágono Sirio no tiene mucha esperanzas de completar el ejercicio.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Los miembros del pentágono Sirio habían sido despojados de sus equipos. César era un bulto más en la montaña de pertrechos militares que los androides habían almacenado sobre el nivel superior de la plataforma móvil, ajeno desde la inconsciencia a la tragedia que se desarrollaba a su alrededor.

Érase una vez en Rebis - Capítulo 8. El eslabón débil


Resumen de los capítulos anteriores: Ajeno a las intrigas que tienen como escenario la estación espacial Rebis, el pentágono Sirio se sumerge en un complicado ejercicio con fuego real, en total desventaja contra los peligrosos androides Africanos. ¿Quién de los cinco jóvenes sentirá en su organismo los efectos de la pastilla blanca?
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:
Érase una vez en Rebis - Capítulo 7. Ejercicio con fuego real

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Podían moverse sin el impedimento de las máscaras respiratorias. Avanzaban ligeramente agachados, las armas prestas, siguiendo las indicaciones del satélite UEA que los guiaba hasta la última posición conocida del campamento enemigo. Durante el segundo alto que ordenó Héctor para estudiar el mapa, Benjamín se aproximó a César y le comentó algo en voz baja, a lo que el muchacho respondió arqueando las cejas entre extrañado y pensativo, hecho que no pasó desapercibido al instructor Ramiro Corbacho. Seguía el ejercicio desde la sala de control y ese acercamiento, cuando era de dominio público la enemistad trenzada entre los dos chicos, no era normal.

martes, 14 de marzo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 7. Ejercicio con fuego real


Resumen de los capítulos anteriores: Algo está ocurriendo. Alienígenas y humanos se han unido por un fin común, y la estación espacial Rebis es testigo excepcional de la alianza. Ajeno a todo esto, el pentágono Sirio se prepara para enfrentarse a un ejercicio con fuego real. Durante su desarrollo, se encontrarán con un conocido nuestro.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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La pequeña sala rezumaba un inconfundible aire militar. Rodeados de la gama de naranjas y grises identificativas del ejército rebisiano, los miembros del pentágono Sirio atendían a las explicaciones que les daba Santa, su intendente, tras ordenar con fanatismo castrense el equipo que había elegido para el ejercicio.

viernes, 3 de marzo de 2017

El laberinto de Blackwwod

Fotografía de Javier A. Bedrina

Nota: «El laberinto de Blackwood» fue mi propuesta para el I Concurso de Relatos «Luna Literaria» convocado por la Revista Lúdico-Cultural MoonMagazine. La extensión máxima de la obra debía ser de 8 folios formato A4, mínima de 6, y estar escrita en Time New Roman de tamaño 12 y doble espacio, por lo que os vais a encontrar con un relato más largo de lo que os tengo acostumbrados.
El tema del concurso era libre, pero debía inspirarse en una fotografía del fotógrafo Javier A. Bedrina que los organizadores distribuían al azar entre los participantes. Además de aspirar a un premio en metálico, los diez primeros relatos clasificados formarían parte del libro «Luna Literaria 2016».
De los 257 relatos presentados, «El laberinto de Blackwood» quedó en el puesto número 12, el 2º de la reserva, por lo que estoy más que satisfecho.

viernes, 24 de febrero de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 6. Constanza




Resumen de los capítulos anteriores: En la estación espacial Rebis ocurren cosas de lo más normales, y así, nos encontramos a César Tirana, un joven con los problemas e inquietudes propios de la adolescencia, y a Nacho y Tina, una pareja de enamorados que disfruta de la estación abrazados por la cintura.
Pero también nos podemos encontrar situaciones tan extraordinarias como la defensa de Samuel Faro y sus hombres del hangar 335 o la llegada de una raza alienígena desde el lejano Hilión.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:


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Eolo se había tomado la noche libre. Quizás ayudaba al sinvergüenza de Zeus en una de sus cacerías, meciendo la lluvia dorada que sorprendía los sueños de alguna bella joven, o a lo mejor soplaba las copas que le pasaba Dionisio en alguna tabernucha de olor agrio. Sea como fuere, no corría nada de aire, y el denso olor de la mermelada de fresa, a cuya elaboración habían dedicado las hermanas la jornada, cubría la calle como un pesado manto.

martes, 7 de febrero de 2017

La leyenda de Selene y el gato


Nota: Relato presentado a un concurso de la comunidad "Relatos Compulsivos".

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Se cuenta que en el principio de los tiempos, cuando los continentes eran uno, la diosa Luna se asomaba todas las noches al inmenso espejo de aguas calmas que por entonces era el mar para ver reflejada su hermosura de plata.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 5. Aliens



Resumen de los capítulos anteriores: Tras conseguir repeler el ataque al hangar 335, Samuel Faro, con una refrescante naranjada en la mano, estudia con Sebastián Canela la posibilidad de que "Nelson" sea el responsable, llevándolos la conversación a reflexionar sobre la vida.
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Las partículas de materia que bailaban la danza del olvido en el silencio del espacio, del tiempo y de la memoria, fueron reducidas a niveles infinitesimales al colisionar con la astronave alienígena en su viaje a la velocidad de la luz. El piloto ordenó la deceleración cuando alcanzaron lo que la cosmografía terrícola llamaba Marte, y el esbelto aparato recorrió en modo invisible el último tramo del corredor de vuelo que traía a los expedicionarios desde la lejana Hilión.

viernes, 20 de enero de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 4. Reflexiones ante una naranjada



Resumen de los capítulos anteriores: En la estación espacial Rebis, mientras Samuel Faro, miembro de una organización clandestina, debe defender los últimos componentes del motor de velocidad DeBeson-Ca Dei de un ataque inesperado, Nacho y Tina, dos adolescentes que disfrutan de la tarde del viernes, serán testigos de un curioso acontecimiento.
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El agua le corría a Samuel por el caudal de los omóplatos. Tenía las manos apoyadas en la mampara de cristal, la cabeza laxa entre los brazos estirados, y a cada nuevo bip del programa, su cuerpo recibía una generosa dosis de antiinflamatorios en las zonas más castigadas. El guerrero, exhausto y dolorido, se dejaba hacer.

jueves, 5 de enero de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 3. Un paseo por las nubes



Resumen de los capítulos anteriores: En la estación espacial Rebis, mientras César se enfrenta a los problemas e inquietudes propios de la adolescencia, Samuel Faro, miembro de una organización clandestina, debe defender los últimos componentes del motor de velocidad DeBeson-Ca Dei de un ataque inesperado.
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Nacho y Tina pensaban que no podía haber nadie más feliz que ellos dos; eso era inconcebible e incuestionable. ¿Y quién podría reprochárselo? Todos los adolescentes tienen esa certeza la primera vez que se enamoran –ocurrió antes, ocurre ahora y ocurrirá siempre–, y maldito sea mil veces el que levante el velo de la verdad ante ellos.