viernes, 11 de noviembre de 2016

Érase una vez en Rebis - Capítulo 1. Gravedad cero



Resumen del capítulo anterior: Hace mucho tiempo, tras un alzamiento encabezado por un individuo llamado Prometeo, la estación espacial Rebis se independizó de las naciones terrestres que participaron en su construcción, instaurándose un sistema de gobierno que controla a la sociedad rebisiana hasta en su más mínimo detalle.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:
Érase una vez en Rebis - Capítulo 0. Sucedió en Rebis

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El viento, los insectos, las briznas de paja arrastradas,… La naturaleza al completo parecía haberse confabulado contra César para hacer de sus ojos un blanco al que acertar, arrancándole gruesas lágrimas que desaparecían en el estampado del reposacabezas deportivo.
Se secó la cara maldiciendo por enésima vez su torpeza, las gafas protectoras olvidadas quién sabe dónde, y se concentró en la conducción a través de aquel campo de trigo sobre el que revoloteaba una bandada de cuervos, indiferentes al paciente trabajo del espantapájaros vestido con ropas heredadas.
Un monoplaza rojo zigzagueaba como él ante los obstáculos que impedían la competición en línea recta, esquivando por poco al grupo de artificiales que trabajaban el campo junto al viejo molino. Lo conducía su amiga Julia y por primera vez en la vida iba a vencerla en una carrera. ¡No se lo podía creer! Cuando su padre bajó la bandera a cuadros, dándolo por ganador, un insistente bip inundó la cabina. Bip, bip, bip. ¡Algo iba mal! Ya no tenía el control y se dirigía directo hacia el espantapájaros. El impacto contra el monigote, que posó unos segundos su mirada vacía en los espantados ojos de César, hizo que el bólido dibujara en la tierra una acusada curva con su larga aleta de estribor, bip, bip, bip, enderezando el vuelo en irremediable rumbo de colisión con la granja de paredes blancas y tejado a dos aguas. Bip, bip, bip. Una densa oscuridad lo engulló todo.


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«Ahí vamos otras vez». El mensaje que César tenía grabado en el despertador aparecía reflejado en el techo, esfumándose junto con la alarma tras un furioso manotazo al botón de apagado. Bip. No le costó trabajo comprender que había estado soñando; era improbable que ganara a Julia en una carrera e imposible ver de nuevo a su padre. ¿Aún existían los espantapájaros? Con hábito mecánico se dirigió hacia el aseo, aprovechando los primeros segundos de lucidez para recordarse que las clases de aquel viernes se desarrollarían en el muelle de la escuela. ¿Qué tendría preparado la profesora Valor? Esperaba que no fuera un ejercicio en gravedad cero pues se le daba fatal. Mientras actuaba en su boca el enjuague con mentol, fijó la vista en la superficie antivaho del espejo y éste le devolvió la imagen invertida de su cuarto, no muy diferente del de cualquier otro chaval de aquella zona.
La habitación era algo más ancha que un ataúd que pudiera calificarse como confortable y en sus paredes de material reciclado, lo más barato en construcción, fotografías de deportistas famosos y bólidos de carrera se superponían unas sobre otras como las capas de una cebolla. La ropa se apilaba sobre una silla desechada por algún familiar, y en la mesa de estudio, los soportes digitales de las distintas asignaturas se mezclaban con películas de acción, cómics y videojuegos.
A decir verdad, la habitación de César sí tenía algo que la hacía especial. Tras un panel que hacía las veces de cabecero, se ocultaba la única ventana al exterior de aquella zona. Más que una ventana, lo que se hallaba empotrado en la pared que daba a un corredor de ventilación era un casco para trabajos exteriores que su madre había instalado de manera ilegal durante la pasada convalecencia de su hijo. Se dice que el fin justifica los medios, y Cecilia no dudó en anteponer la felicidad de César a su propia libertad, pues se arriesgaba a ser juzgada por atentar contra la propiedad del Gobierno. «Comprendan que César lo estaba pasando muy mal –Cecilia había ensayado su defensa hasta la saciedad, preparándose para un más que probable juicio–. Una grave infección lo había dejado sordo del oído derecho, y tras la intervención quirúrgica vino una convalecencia muy larga. Sólo quería darle una distracción».
Su idea funcionó perfectamente. César se pasaba horas enteras contemplando La Tierra, un planeta que en ocasiones estaba arriba, como si fuera un satélite de Rebis, y en otras se encontraba abajo, y era entonces cuando realmente podía olvidar aquella cama en la que pasaba los días su cuerpo enfermo, embriagado por la ilusión de contemplar el espacio como lo haría un ser todopoderoso. Y esa sensación de poder, tanto tiempo después de aquellos difíciles meses, aún le hacía sonreír.
 Con la boca fresca y la cabeza despejada, César metió en la pequeña riñonera standard los soportes digitales que necesitaría durante el día, cogiendo del frigorífico un bocadillo preparado la noche antes y un par de onzas de chocolate –lujo que sólo podían permitirse desde que su madre recibía cupones descuento de manera regular–, y cuando le dio por controlar la hora tuvo que salir corriendo para no llegar tarde a clase otra vez.

*        *        *

Todos sus compañeros ya estaban allí, charlando despreocupadamente mientras que la profesora Valor y sus dos asistentes, los instructores Flú y Mota, realizaban los últimos preparativos. Cogió de la taquilla su grueso mono de trabajo y se sentó en el semicírculo que formaban los Sirio, que lo saludaron con burlas y golpecitos a la esfera del reloj.
–Al margen de reírse de mí. ¿Qué sabemos del ejercicio?
–Practicaremos la gravedad cero –«¡Mierda!», gruñó César–. Hay que hacer un recorrido por el exterior de la estación con la ayuda de los anclajes de superficie, coger una banderita y colocarla en una plataforma suspendida. Volver es opcional.
Héctor y Julia soltaron una fuerte carcajada que llamó la atención en varios alumnos a la redonda, pero Santa mostró la misma cara que si hubiera mordido un limón; como a César, tampoco le gustaba la ingravidez. Amargado como estaba, al chico no le pudo sentar peor el que al quinto en discordia le diera por meter cizalla.
–Estoy impaciente por ver tus habilidades como bailarín, sorderita.
Benjamín Yeta, el sustituto del que había sido su mejor amigo, aprovechaba la mínima ocasión para molestarlo. Meses atrás, la familia Tilos al completo había desaparecido de la noche a la mañana, y nadie de su entorno más cercano supo darles una explicación. Las indagaciones de detectives novatos llevadas a cabo finalizaron el día en que fueron convocados ante Gustavo Tamizo, alto funcionario de Nivel 2 que les habló de una difusa misión en alguna colonia minera, «Misión que no les concierne… por seguridad de todos». ¿Había posado sus ojos en César más tiempo de lo necesario? Dando por zanjado el asunto, pasó a presentarles al que sería su nuevo compañero.
–Éste es el señor Benjamín Yeta –dijo con voz melosa–. Si le abrís vuestro corazón, en unas semanas no recordaréis al señor Tilos.
¡Cómo para no acordarse de Enrique! Desde primera hora, Ben se había mostrado agresivo hacia César, desplegando un interés especial por Julia que no hizo más que empeorar la situación. El resto del grupo asumió entonces el papel de testigo neutral, actuando únicamente cuando había riesgo de que llegaran a las manos, cosa que ocurrió en aquel momento.
–Dejaos de tonterías –se hizo obedecer Héctor–. Tenemos el tiempo justo para ponernos los trajes. Ya han llamando al primero.
Y efectivamente, Aarón Abecé ya se encontraba en el departamento estanco dispuesto a comenzar su ejercicio.




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8 comentarios:

  1. Un nuevo personaje nos presentas en este capítulo, César, alumno de la estación, que seguro dará mucho que hablar. Dejas caer el hecho de la muerte de su padre, y la misteriosa desaparición de la familia de Tilo, algo alrededor de lo cual supongo que girará parte del argumento. También llama la atención el episodio del sueño con el que abres al capítulo ¿estuvo César antes en la Tierra? ¿qué misterio encierra la muerte de su padre? Aunque aún estamos en los capítulos iniciales de presentación, se intuye una novela interesante. Un saludo Bruno.

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    1. Voy presentando personajes y haciendo más complejo el argumento.
      César será uno de los pilares de Érase una vez... ¿Qué importancia tendrán el resto? Lo veremos...
      Un saludo, Jorge.

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  2. Empezaré diciendo que, aunque no tenga nada que ver a la hora de ponerle ese nombre a la profesora, he recordado lo de las onzas de chocolate y he pensado en bombones de la marca Valor jeje.

    Bromas aparte, como has dicho en el comentario anterior, vas presentando personajes, y eso es importante cuando estás empezando a compartir una historia por capítulos. Lo de empotrar el bólido contra un espantapájaros y demás me recordó el primer viaje del Delorean al pasado cuando aparece en una granja jaja.

    Buen capítulo y a seguir así compañero. ¡Un abrazo!

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    1. Amigo José Carlos, yo también estoy enganchado al chocolate Valor, en mi caso al negro del 70℅.
      Sigo presentando personajes, y en el próximo capítulo os encontraréis con otro de mucha importancia.
      Me ha gustado tu comparación con Regreso al futuro, otra saga que me ha marcado.
      Un fuerte abrazo.

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  3. Estupendo inicio tras el prólogo. Te sugeriría que conforme se acumulen capítulos los inicies con un pequeño resumen de lo sucedido hasta ese momento, de esa forma puedes enganchar a los que se vayan incorporando a su lectura. Un abrazo!

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    1. Buen consejo, David, y lo acepto con entusiasmo. La verdad es que no se me había pasado por la cabeza.
      Un abrazo, compañero.

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  4. Hola Bruno
    Voy lento pero seguro. Espero que en breve consiga ponerme al día con mis lecturas.
    Me gusta sobre todo cómo vas ambientando la historia en esa estación espacial. En esta ocasión, nos has introducido el capítulo haciéndonos creer, como al prota, que estábamos en otro sitio, disfrutando de la velocidad, los coches, una carretera que serpentea entre trigales mecidos por el viento... Muy visual todo, como un sueño perfecto. Se vislumbra la trama completa que le vas a dar al relato, con todos sus personajes, introduciendo datos que más tarde veremos reaparecer en su verdadera dimensión, con historias dentro de otras. Una trama que se prevee muy interesante, desde luego. Como siempre, especial atención prestada a los nombres, originales y divertidos. Tu historia me recuerda a muchos y diferentes títulos de ciencia ficción, grandes todos ellos, pero toma un pco de todos para crear una historia que evidencia tu toque personal para relatar. Un toque que nos hace disfrutar a los que te leemos, te lo aseguro. Va a ser un gran relato, Bruno. Hasta el próximo capítulo.
    En cuanto pueda me leo tu siguiente entrada, compañero
    PD: me parece una gran idea la del compañero David. Creo que yo tambiñen haré caso de su consejo cuando continúe con alguna de mis series de relatos, je, je
    Un fuerte abrazo amigo

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    1. Tu visita es siempre esperada, Isidoro, y es comprensible que no siempre dispongamos de tiempo para leer el trabajo de tantos compañeros.
      Agradezco tus palabras, siempre tan sinceras y amables, y espero que mi modesto trabajo no os termine aburriendo o desencantado; es tanto el tiempo que llevo tras esta gran epopeya espacial que sería una desilusión si no llegara al corazón de vosotros, mis amigos en la red.
      Como bien dices, esta space opera es un cocktail de todo lo que llevo en el interior, de tantas vivencias cinematográficas y literarias, al que homenajeo con el mayor de los respetos y cariño dándole mi toque personal.
      Seguiré gustoso la recomendación de David, por supuesto, y te espero en la próxima.
      Un abrazo grande, compañero.

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