lunes, 23 de octubre de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 16. ¡Atentado!



Resumen de los capítulos anteriores: Los nanobots han confirmado que César es capaz, sin saberlo, de descifrar el código con el que se comunica Nelson. Samuel y Sebastián deben atraerlo a sus filas antes de que el enemigo contacte con él o decida su eliminación.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm… El patinador cogía aire por la nariz y lo expulsaba por la boca, acompasando la respiración a la fluida cadencia del movimiento. Realizaba giros cerrados en torno a los peatones que se cruzaban en su camino, el cuerpo encogido para oponer la menor resistencia, generando una corriente de aire multicolor que provocaba alguna que otra maldición entre los indignados obstáculos que quedaban rápidamente atrás.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Los patines de colchón de aire le proporcionaban una forma rápida de desplazamiento, el coeficiente de rozamiento cercano al cero absoluto. Éstos, unidos al equipo deportivo que vestía –rojo, amarillo y azul para el mono de tela elástica y casco negro con lentes integradas oscuras–, eran el camuflaje perfecto. Nadie sospecharía de un deportista por muchas veces que recorriera la calle y, además, le aseguraba una huida rápida.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ignacio Caneca tenía fama sobradamente demostrada de alcohólico, pero cuando se trataba de su trabajo como asesino a sueldo, «limpiador» en el argot del despiadado mundo en el que se movía, era el profesional más eficaz que se podía contratar, apagado el ansia etílica desde el mismo día del encargo a base de fuerza de voluntad y vasos de leche bien fresca.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. En breve debía ver al muchacho. En una calle peatonal sin ningún vehículo que hiciera de pantalla, un grupo de jóvenes cadetes embutidos en sus flamantes uniformes naranja sobre negro no iban a pasar desapercibidos, aunque pudiera darse el caso de que se hallaran en el interior de alguna tienda. No le preocupaba. Su cliente le había conseguido una hora para llevar a cabo la misión, tiempo más que suficiente para recorrer varias veces la calle hasta dar con él.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. ¡Allí estaba! Ahora sólo quedaba establecer el «contacto». Se llevó la diestra al hombro izquierdo y de un pequeño bolsillo sacó una aguja hipodérmica plateada que mantuvo firmemente agarrada mientras aumentaba la aceleración de la carrera, corrigiendo a cada nuevo impulso la leve descompensación que le provocaba la mano cerrada.
Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm…  Le daría un pequeño empujón, algo del tipo «Perdona, no era mi intención. ¡Qué torpeza la mía!», y para entonces, disimulado el pinchazo con el dolor del golpe, ya estaría actuando el veneno en el cuerpo del chaval, transportado rápidamente por el bombeo imparable del corazón hasta que éste sucumbiera quince minutos después, sin dolor, sólo una leve destemplanza anunciando el final, muerte que el limpiador firmaría para sí mismo en ese preciso momento. Con una nueva muesca marcaría la culata del Colt Navy 1851 de colección que colgaba de una de las paredes de su dormitorio, y la sustanciosa compensación económica obtenida por tan eficiente trabajo pasaría a engrosar su plan de jubilación contratado en cierto paraíso fiscal terrestre.
Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm. Ssssssswimmmmm…

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Era bueno disfrutar de una hora libre a costa de un profesor enfermo. César caminaba animado, disfrutando de la cálida compañía de su recién estrenada novia, de la que no se separaba para chanza del resto de compañeros –«Agapornis» los llamaban a voz en grito–, aunque de vez en cuando su mente lo trasladaba a la reunión que para aquella tarde lo citara Samuel Faro. Era incapaz de recordar lo que podía haber hecho para merecer la atención del teniente, y eso lo intranquilizaba, por mucho que Julia hubiera alegado hasta la saciedad que, de tratarse de un castigo, habría sido informado al momento; el ejército no se andaba con tonterías cuando se trataba de mantener la disciplina. A esas alturas del día, la joven ya había desistido en restarle importancia al asunto y así, cada vez que César sacaba a relucir el tema, la chica resoplaba aburrida y cambiaba cortante de tema. Lo único que César podía hacer entonces era guardarse para sí las funestas visiones con las que lo torturaba su perversa imaginación y buscar el olvido en las intrascendentes conversaciones de sus compañeros.
De forma imprevista, César sintió cómo alguien lo empujaba violentamente hacia delante, arrastrando en su caída a todos sus compañeros de pentágono. Una punzada de dolor le taladró la pierna izquierda allí donde un transeúnte, un deportista por sus llamativas ropas, tropezó al intentar esquivar en vano la montaña humana que se había materializado ante él, siendo proyectado por encima del montón gimoteante para caer cuan largo era sobre el brazo derecho, que quedó atrapado bajo su cuerpo en una postura forzada. Apoyándose en la masa que lo envolvía, sin atender a los quejidos que sus intentos por enderezarse provocaban, a duras penas César pudo incorporarse con la única idea de socorrer al deportista, que se había llevado la peor parte en la caída, pero éste hizo caso omiso a sus buenas intenciones, se levantó con esfuerzo e inició una lenta carrera sin mirar atrás.
–Si se larga es que está bien –gruñó Ben desde el suelo–. ¿Puedes ayudar a los que verdaderamente se encuentran en apuros?
Ya había algunos curiosos que ayudaban a desenredar la madeja de cuerpos entrelazados, y al poco estaban otra vez en pie, sacudiéndose el polvo de los uniformes y lanzando miradas asesinas a César, que se deshacía en disculpas notablemente azorado.
–¿Qué ha ocurrido? –le preguntó Julia con evidente preocupación. El pentágono había puesto rumbo a la escuela y la chica cerraba la marcha junto a César para poder hablar con tranquilidad.
–No me vas a creer.
–Inténtalo.
–Está bien. Sentí como si alguien me empujara… Una mujer.
–¿Una mujer? –preguntó suspicaz, ofendida la naturaleza femenina oculta bajo el soldado–. César, tus hormonas descontroladas te están haciendo ver tetas donde no las hay.
–Ella me habló –dijo muy serio el chico, absorto en sus recuerdos–. Y me advertía de un peligro…

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Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm. El brazo derecho le colgaba inerte, dislocado el hombro a causa de la caída. La tela rasgada por el encontronazo dejaba al aire sus rodillas ensangrentadas, e igualmente desolladas tenía las palmas de las manos y el lado derecho de la cara, donde un par de dientes bailaban entre ríos de saliva rojiza que caían, para sorpresa y escándalo de los transeúntes, en gruesos goterones que manchaban su pecho estampado. Pero nada de eso le importaba, ni siquiera la inflamación que poco a poco le cerraba el ojo de la zona afectada; su atención se centraba en la rémora plateada que le colgaba del estómago y que se balanceaba con cada nuevo impulso que lo alejaba más y más de la calle peatonal, desgarrando la carne. Teniendo en cuenta que el esfuerzo físico no hacía más que aumentar el ritmo sanguíneo, en menos de quince minutos la muerte le alcanzaría tras una leve destemplanza, y pasaría a ser una muesca más en el viejo palo de la guadaña inmisericorde.
Otro limpiador se encargaría del objetivo. Como compensación por su falta de profesionalidad, debía borrar todo rastro que pudiera poner al chico sobre aviso; su cuerpo no debía ser objeto de una autopsia que provocara la curiosidad de la policía rebisiana. Recordaba un vertedero de desperdicios cercano y en él una trituradora. Lástima que no hubiera tiempo para una última copa.
Ssssssswimmmmm, swimmmmm. Ssssssswimmmmm, swimmmmm…


B.A.: 2.017

lunes, 16 de octubre de 2017

Ángel de alas borrosas


Nota: Relato ganador del concurso de octubre de "El tintero de oro",
convocado por el blog "Relatos en su tinta".
Corregido por Grisel R. Núñez (www.cafeteradeletras.com)




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Inspirado en hechos reales

Desde muy pequeño supe que un ángel velaba mis sueños. Mi madre, como madre que era, siempre escuchaba tan extraordinaria afirmación con una dulce sonrisa en los labios, alentándome a contarle los pormenores tras prepararme un gran tazón de Cola Cao. Mi padre, en cambio, nunca fue dado a confidencias. Aunque nuestra relación siempre ha sido correcta, de cariñoso tiene lo justo, por razones pasadas y familiares que nunca tuvo necesidad de revelarme, y resolvía la cuestión con un gruñido incrédulo que disparaba con certeza de francotirador por encima del libro que estuviera leyendo en ese momento. Pero mi ángel de la guarda existía y cada noche notaba su presencia como una cálida presión sobre la espalda que me ayudaba a vadear las aguas embravecidas por los vientos oscuros de las pesadillas.
Se ve que a mi ángel solo le habían asignado el turno de noche. Quizás sufriera insomnio, como le ocurría al protagonista de Taxi Driver, o a lo mejor estaba pluriempleado y por el día trabajaba de guardia de seguridad en unos grandes almacenes. ¡Qué sé yo! La cuestión es que en el colegio sufrí el acoso de algunos niños de cursos superiores, lo que ahora se conoce como «bullying», y mi ángel nunca me defendió de ellos con espada flamígera en mano. El problema se resolvió favorablemente cuando la naturaleza quiso obsequiarme de la noche a la mañana un palmo más de altura que no dudé en aprovechar, en ocasiones de forma contundente, para qué lo voy a negar, y la vida siguió de esa manera hasta que un buen día, coincidiendo con mi décimo cumpleaños, mi ángel desapareció para siempre sin notificación previa.
Me enfadé con él durante una buena temporada, rebelándome contra la religión en general y la jerarquía angelical en particular, hasta que mi madre consiguió disolver la amargura del abandono asegurando, con la certeza con la que solo lo puede hacer una madre, que se había ido porque yo ya no lo necesitaba, como lo hacía Mary Poppins cuando el viento soplaba del oeste. Acepté a regañadientes que ayudara a otros niños que lo necesitaban más que yo pero aún así, sobre todo en los días de tormenta, echaba de menos su calidez en mi espalda.


Hoy hace una semana que vino al mundo Ángela, su tercera noche bajo el techo de nuestra modesta vivienda. Ha sido un día especialmente duro para mi esposa, y entre toma y toma nocturna, se ha rendido a un apacible sueño del que no la he querido despertar cuando la pequeña reclamó por vigésima vez nuestra atención. Así que me he levantado, calmando su intranquilidad como buenamente he podido, para después dejarla suavemente de nuevo en su cuna. Y como padre novato, acongojada y acojonada el alma por aquel terrible mal al que los médicos llaman muerte súbita del lactante, le he puesto la mano en la espalda, buscando su respiración. En ese preciso momento he sabido que mi ángel de la guarda realmente existió, y que estaba más cerca de lo que jamás hubiera creído.
Mañana preguntaré a mi padre sobre ello, aunque sé que solo hablará en presencia de su abogado. Mi padre… ese ángel silencioso que protegió los sueños de mi infancia de males reales e imaginados. Mi cuerpo cálido y vulnerable pudo más que la armadura de hielo con la que se cubrió con testaruda obstinación, y por eso, aunque algo borrosas, se ganó sus alas con el tañido de unas campanas anunciando el nuevo día.


B.A.: 2.017

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Nuevo en esta plaza


Nota: Relato para el concurso de septiembre de "El tintero de oro",
convocado por el blog "Relatos en su tinta"


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–Los ciudadanos merecen saber la verdad.
–¿Verdad? ¿Qué verdad?
–La que oculta este despreciable espectáculo.
Algo de trascendencia debe haber ocurrido en el coso taurino pues el público se ha levantado como una ola multicolor de los duros asientos de piedra que las maltrechas almohadillas apenas ayudan a hacer confortables, llamando la atención de los contertulios con los vítores y aplausos que atronan el cielo mediterráneo. Don Valerio Harnero de la Mar, propietario de la ganadería Mordelón, contrae el gesto, disgustado, y hacia su yerno acerca el oído para que le cuente los pormenores de lo ocurrido durante el Tercio de Varas.

miércoles, 26 de julio de 2017

Flores para Camden Square



Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater para ir a Camden. Tengo formas más directas de llegar allí desde mi pequeño apartamento de alquiler en Queensway, lo sé, pero en King´s Cross hago transbordo en la línea de autobús 390, y el hormigueo incesante y cosmopolita de la estación es un espectáculo que siempre me gusta disfrutar. 

sábado, 15 de julio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 15. Los nanobots



Resumen: Rebis se despide... hasta septiembre. Y para celebrar la llegada de las vacaciones, nada mejor que un nuevo capítulo y una promesa cumplida: os dejo el enlace para que podáis descargaros los 15 primeros capítulos de esta space opera en formato epub. Ni que decir tiene que si encontráis algo problema con el archivo o la descarga me lo indiquéis para que lo pueda resolver lo antes posible.



Y ahora el nuevo capítulo. Buen verano.

Resumen de los capítulos anteriores: La orden para el uso de los nanobots ya ha sido firmada, pero antes de poner en ejecución el operativo, Samuel debe dejar constancia en un informe las razones de tan drástica decisión.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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La estación tenía problemas de plagas. Como ya ocurriera en la Santa María o en el Mayflower, toda suerte de fauna emigrante había viajado escondida en los vehículos de enlace con la Tierra para hacer de Rebis su hogar de acogida.
De entre todas ellas destacaban los «bicheros», la especie autóctona de la era espacial, insectos así llamados por sus largas patas delanteras, acabadas en una garra ganchuda, que mantenían recogidas ante la cabeza. Estos pequeños seres habían evolucionado durante generaciones para hacer de las condiciones extremas del espacio su habitad natural, los primeros en escapar cuando la astronave en la que viajaban estaba destinada a la catástrofe, y era todo un espectáculo ver cómo tejían a su alrededor una burbuja de oxígeno para alejarse flotando del vehículo sentenciado como pompas de jabón. Entonces les llegaba el turno de esperar, y esperaban, esperaban, esperaban,… racionando el oxígeno hasta que recalaban en un nuevo huésped, al que se agarraban con la ayuda de los ganchos de sus patas delanteras, o morían de alguna de las muchas formas de las que se puede morir en el espacio.