miércoles, 2 de mayo de 2018

Érase un vez en Rebis - 22. La memoria del Universo


Resumen de los capítulos anteriores: César ya conoce toda la verdad de lo que ocurre en la estación espacial Rebis. De la mano de Sebastián, Samuel y Constanza, ahora deberá encarar el nuevo futuro que se abre ante él.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Historias dentro de historias dentro de historias. En la oscuridad de su dormitorio, tapado hasta las orejas con las sábanas a causa de su naturaleza friolera, Sebastián reflexionaba sobre la cantidad de subtramas que podía albergar la búsqueda de Nelson, entreteniendo la espera del aleteo que anunciara la llegada del bueno de Morfeo. Como la copa de un árbol que se multiplica hacia el cielo, la causa de Los Hermanos contenía la vida de cientos de civilizaciones, de forma que un autor interesado en dejarla registrada para la posteridad se vería obligado a dejar en el tintero muchos datos que sólo tendrían valor para los propios interesados, como su gusto por las corbatas extravagantes o las razones por la que Constanza ingresó en la congregación de Las Hermanas del Dolor de María, elementos secundarios condenados al olvido por el único delito de distraer la atención del lector de la trama central. El noventa por ciento de lo vivido por Samuel, Constanza o DeAmiel Can, pues hasta el desagradable ministro hilión de Alianza y Guerra tenía sombras y luces sobre sus espaldas dignas de contar, quedaría perdido entre los pliegues del telón de fondo ante el que se interpretaba aquella opera del espacio, vivencias que únicamente saldrían a la luz en forma de precuelas, secuelas o spin-off –con sus correspondientes precuelas y secuelas–, si la obra resultaba un éxito comercial. En caso contrario, todos esos momentos se perderían como lágrimas en la lluvia, que dijo aquel, relegados a los foros de discusión para los fans más entregados.
Historias dentro de historias dentro de historias. «Érase una vez un pequeño planeta azul –había contado Sebastián a un desconcertado César la historia de Rebis–, el único portador de vida en su sistema solar…». Siguiendo con la analogía del árbol, el tronco formado por la descabellada obra de ingeniería que era la estación espacial se ramificaría en la vida de todos los que intervinieron en su creación, de los responsables de su independencia –con mención especial para el general Prometeo Vigiles y su plana mayor–, y de la actual ciudadanía, desde donde partiría la rama del escogido grupo que participaba en la operación Mundo Feliz, con César y su característico don como último brote. Xenoglosia, valiente palabreja.
Algo en el joven, concretamente en su ojo izquierdo, despertó un viejo recuerdo en el empresario. Consciente de que el cálido abrazo de Morfeo no lo estrecharía de momento, siempre reacio al uso de somníferos que entorpecieran su lucidez, Sebastián apartó de mal humor las sábanas con las que se cubría, yendo hasta la librería que ocupaba buena parte de una de las paredes de su dormitorio, de donde extrajo un maltrecho volumen impreso en papel. Le faltaban las tapas y algunas hojas del final, perdidas imposible saber cuándo, y las supervivientes se veían amarillentas y ajadas por el uso y el tiempo. Decenas de labios, muchos de ellos ya silenciados, leyeron en voz alta la historia contenida entre ellas, llegando a sus manos en aquel deplorable estado para que de pequeño practicara la lectura. Con la vista clavada en la ilustración que encabezaba el texto en la que un potente rayo de luz surcaba el espacio procedente de una estrella situada en el margen izquierdo, Sebastián regresó a la cama cubriéndose raudo con las sábanas de nuevo enfriadas, y tras los ejercicios de calentamiento de rigor, acomodado al fin, comenzó la lectura.

La memoria del Universo

Nació tras una potente explosión y al segundo siguiente ya se había alejado 300000 km del vientre materno. Como el resto de sus hermanos, el pequeño fotón corría desbocado hacia nadie sabía dónde, pero la mente colectiva le alienaba, alentándole a seguir adelante. Tres segundos después de su nacimiento, cuatro quizás, algo inusual ocurrió; una circunstancia que se había producido en contadas ocasiones desde que el poderoso Big Bang diera lugar al cosmos que conocemos hoy. El pequeño y anónimo fotón tomó conciencia de sí mismo, y para celebrarlo el Universo le regaló una pequeñísima parte de su vieja memoria.
Lo primero que hizo fue maravillarse por todo lo que le rodeaba, distrayendo su atención de la corriente lumínica a la que había pertenecido. Sólo fueron unas milésimas de segundo y después, la soledad. Pero no se asustó; su pequeña naturaleza no conocía semejante sensación. Muy al contrario, libre de la única finalidad que guiaba sus pasos, exploró todo aquello que reclamaba su atención, estando a punto de ser absorbido en su alocada aventura por el bostezo de un agujero negro.
El destello de un objeto lejano atrajo la atención del fotón. En un principio creyó que se trataba de una partícula de agua cristalizada en movimiento pero su volumen no dejaba de aumentar conforme se acercaba a él, moviéndose a velocidad constante sin seguir ningún patrón escrito en las estrellas, la trayectoria corregida con puntuales fogonazos de luz.
La memoria del Universo le dijo que aquel objeto era una astronave, un objeto creado por seres inteligentes para poder desplazarse por el espacio pues su naturaleza basada en el carbono no les permitía sobrevivir al vacío. Cuando el vehículo llegó a su altura, la reducida esencia del fotón ridiculizada por su impresionante volumen de esbeltas formas, el sistema de propulsión cobró vida de forma inesperada con una potente explosión, comenzada la cuenta atrás para su salto al hiperespacio. El pequeño fotón se vio obligado a buscar refugio en la astronave pues corría el riesgo de ser arrastrado por las alocadas carreras de los millones de hermanos nacidos del gas inflamado, así que atravesó la superficie transparente que cerraba la cabina y se acomodó en la humedad del ojo izquierdo de un muchacho que lo miraba sin ver, traspasándole a su anfitrión la memoria del Universo… […]

Sebastián jamás supo cómo terminaba el relato. Esta circunstancia, en vez de afligirlo, supuso un poderoso acicate para su creatividad, pues a cada nueva lectura le daba un final distinto, capacidad que alimentaría desde entonces para exprimirla al máximo en los azarosos derroteros que tomaría el curso de su vida –la operación Mundo Feliz y el proyecto Che de Churruca debían mucho al ingenio del presidente–. Con el tiempo y las lecturas que vinieron después supo que la historia tenía su origen en una leyenda aún más vieja de la era espacial, en la tradición que los primeros astronautas conocían con el nombre de los Marcados, seres que disfrutaban del favor del Universo y que se identificaban por un característico brillo en su ojo izquierdo. Y esa marca excepcional creía haberla visto aquella misma mañana en el ojo izquierdo de César. ¿Sería el muchacho la prueba viviente de la verosimilitud de la leyenda de los Marcados? ¿Fue el mismo Universo quien le regaló el don de la xenoglosia a través de un pequeño fotón que despertó a la vida? Sería bonito, concluyó el empresario al fin adormecido, pues si bien no era un final para la historia impresa, sería un buen punto y seguido; un camino de lo más interesante de recorrer para ver dónde acababa.
Historias dentro de historias dentro de historias.


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martes, 10 de abril de 2018

Sueños rotos



Nota: El relato se alzó con el tercer puesto en el concurso del mes de abril
de "El tintero de oro", convocado por el blog "Relatos en su tinta".
Las fotografías de este montaje están sacadas de pixabay.com.



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David. Emma. Hoy es vuestro día.
Hasta esta mañana, el 20 de septiembre no era más que un número marcado en rojo en el calendario, la meta hacia la que apuntaban todas vuestras decisiones, esfuerzos e ilusiones, y la satisfacción de ver cumplido tan hermoso sueño hará que desaparezcan todas las pequeñas dudas que pudieran ensombrecer, un poquito, tanto trabajo bien hecho, quedando en el recuerdo como meras anécdotas para contar en el futuro. ¿Qué puedo decir de este día? Simplemente que será una locura. Las horas pasarán veloces, solapándose los acontecimientos unos con otros. Fotos, besos, felicitaciones,… y cuando os queráis dar cuenta, ya estaremos todos brindando a la salud del nuevo matrimonio. Y aún así, será un loco sueño del que no querréis despertar.
¿Y después? Seguro que os habréis preguntado en alguna ocasión qué pasará tras el viaje de novios, cuando la vida vuelva a la rutina del día a día. El trabajo, la casa, las compras, las facturas. Para esa pregunta no tengo respuesta; sólo de vosotros dependerá que no se apague la llama de la nueva aventura que hoy comienza. Pero una cosa sí os puedo asegurar: cuando esta noche, madrugada tal vez, cerréis la puerta de vuestro acogedor piso, notaréis que algo ha cambiado. Esas paredes que fueron pintadas en los días más calurosos del año tras una larga obra mil veces pensada; aquel frigorífico del que sacaréis una botella de agua con la que refrescaros la garganta,... Ese cómodo sofá que os acunará vencidos por tan largo día. Lo que hasta ayer no eran más que las piezas sueltas de un proyecto común, formarán ahora vuestro hogar. Disfrutadlo.
¡¡Vivan los novios!!

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Realmente era cómodo el sofá. El hombre dejó el texto enmarcado sobre la mesa del salón, entre álbumes abiertos de cualquier manera a los que habían dejado huérfanos de algunas fotografías. Le dedicó una última mirada al texto impreso en letra inglesa sobre papel marmolado, los bordes comidos de forma irregular hasta darle la apariencia de un pergamino antiguo, para después dejarla resbalar por algunas de las instantáneas supervivientes al expolio, deleitándose con los generosos escotes y las marcadas curvas vestidas de fiesta de las invitadas a la ceremonia, todo sonrisas cómplices dedicadas al objetivo del fotógrafo. ¿Dónde estarán ahora estas mujeres?, se preguntó el hombre. ¿Dónde sus sonrisas despreocupadas? ¿Estarán guardadas en maletas llenas a toda prisas entre montones de ropa arrugada o se descompondrán en las cunetas junto a móviles sin batería, documentos que en su día fueron importantes y pedazos de sueños rotos?
El hombre se dirigió a la cocina, donde reinaba el mismo caos que en el resto de la casa. Papeles, ropa y todo tipo de objetos de uso cotidiano se hallaban esparcidos por doquier. Y también cristales, muchos cristales, que lo mismo podrían haber sido copas que ventanas. Era curioso la cantidad de cristal que contiene una casa... y la alfombra que se puede tejer con ellos. Sin luz desde una semana atrás, los alimentos guardados en el frigorífico se habían descompuesto en la hermética oscuridad del electrodoméstico, y su fétido bostezo saludó al hombre cuando tiró de la manilla de la puerta, provocándole una arcada. Una vez repuesto, echó todas las cervezas que encontró en una bolsa de rafia, de las que se adquirían en los supermercados para luchar contra el uso incontrolado de plástico, y no pudo dejar de pensar mientras saboreaba una de las cervezas, caliente como el meado de una burra, que no sería el cambio climático lo que en ese momento desvelaría el sueño del joven matrimonio. Terminó su particular compra con algunos embutidos algo secos, una tableta de chocolate venido a menos y dos bricks de leche sin abrir, para salir de la cocina entre suspiros de cristales.
–¡Iván! –oyó que lo llamaba el sargento desde el exterior–. Saca tus manos del cajón de las bragas. Nos vamos en cinco minutos.
–A la orden, señor.
El hombre volvió a posar los ojos en los álbumes expoliados. Sin duda había sido la esposa la que había querido llevarse en su huida un pequeño retazo de la reciente felicidad –el 20 de septiembre no quedaba lejos en el calendario–, y deseándole lo mejor, el hombre brindó con la lata mediada, sabedor de que la rueda de la fortuna gira de forma caprichosa. Quién podía asegurarle que dentro de diez meses o diez años no sería él el refugiado al que ningún país de la democrática y humanitaria Unión Europea querría en sus tierras. Al menos, se consoló, la llamada Emma no tenía hijos que la retrasara.
Una hucha con forma de caja fuerte llamó su atención. «Sólo monedas de 2 euros», habían escrito con un indeleble alrededor de la pantalla del contador digital, que indicaba la cantidad de «335». Si realmente sólo habían echado monedas de 2 euros –«Cabezones», las llamaban en su pueblo–, el hombre tenía entre sus manos una pequeña fortuna.
–¡¡IVÁN!! ¡Mueve ya tu gordo culo!
–¡Sí, señor!
El hombre dejó la hucha donde estaba. El euro se había devaluado hasta poco más de su valor al peso desde que el Ejército de los Colorados encendiera la mecha de la guerra civil, y sólo podría canjear los Cabezones al otro lado de la frontera. En su lugar, cogió un volumen recopilatorio del cómic Batman: Año Uno, de Frank Miller, que encontró protegido del polvo en una funda plástica; en una guerra que se preveía larga, los orígenes del Caballero Oscuro resultarían mucho menos pesados y más satisfactorios que casi tres kilos de chatarra, y con el cómic entre las manos salió en busca de su unidad.

Un papel cuadrado que sobresalía de entre las páginas llamó su atención. Una ecografía. «Este es tu primer regalo por el día del padre. Felicidades, cariño», habían escrito en su trasera bajo un pequeño corazón. Vaya, se dijo, los jóvenes iban a ser papás; acababan de perder su ventaja en la carrera por la supervivencia. Lástima.


B.A.: 2.018

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miércoles, 21 de marzo de 2018

Érase un vez en Rebis - 21. Cortinas de humo



Resumen de los capítulos anteriores: Tropas mercenarias y un control absoluto sobre la población que recibe el nombre de el Sistema. Todo ello lo conocerá César de la mano de Sebastián Canela.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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–¿¡Quique!? –repitió César con un gallo adolescente haciéndole los coros–. Está en una misión.
»En una colonia minera.
–¿Fue eso lo que te dijo Gustavo Tamizo?
–¿Lo conoce?
–Lo conocemos bien. Samuel podría hablarte largo y tendido de sus debilidades... Y de sus gustos. Pero no nos desviemos del tema que nos ocupa.
»Como te dijo tan alto funcionario de Nivel 2, el señor Tilos está en una colonia minera, pero dejándose la vida en ella. Como el resto de su familia.
Un viento descorazonador azotó a César, que se estremeció dentro de su mono militar. Sebastián le concedió unos segundos, consciente del intenso dolor al que sucumbía el joven, para explicarle a continuación que terminar en un pentágono minero era lo menos malo que le podía pasar al que se enfrentaba al Sistema. «Cuando el Nivel 2 identifica a un elemento subversivo –la voz del presidente le llegaba al muchacho amortiguada por la bruma tejida con los momentos vividos junto a Quique–, lo quita de en medio antes de que extienda la ponzoña a su alrededor».
–A veces de forma definitiva.
El crujido de unas sandalias anunció la llegada de la hermana Constanza. Cruzó el despacho sin levantar la vista, los brazos enlazados bajo el pecho, colocándose silenciosa tras el presidente, que interpretó su presencia como una señal para continuar. «La lucha contra Nelson la ocultamos tras dos espesas cortinas de humo».
–Por un lado, la operación Mundo Feliz permite que nos movamos por Rebis bajo la cobertura de los viajes turísticos interplanetarios. Por otro, a través de la Fundación Dimaco, apoyamos el programa Che de Churruca, que pretende localizar a los descendientes del marino muerto en la batalla de Trafalgar y, por extensión, de cualquier artillero, grumete o calafateador que participó en ella, independientemente de su nacionalidad. Conocerás los hechos de aquel 21 de octubre… ¡¿No?! Pues te recomiendo los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. Como te decía, cuando nos topamos con alguien de nuestro interés, como es tu caso, le creamos al amparo de este programa una rama genealógica que lo conecta con alguno de los protagonistas de ese trocito de historia, pudiéndonos así reunir sin levantar sospechas con la excusa de una nueva actividad del exclusivo grupo.
»Y esta es la razón por la que llamamos Nelson a nuestro desconocido enemigo –concluyó Sebastián.
La figura a espaldas del presidente tosió de forma imperceptible, tendiéndole un par de folios que el otro cogió con un «Gracias, Constanza».
–Tus justificantes médicos –dijo alargándole los papeles al muchacho–. Así no tendrás que contestar preguntas incómodas. La hermana Constanza te llevará ahora a casa.
»Espero haber resuelto todas tus dudas.

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La secretaria les despidió con un gruñido. César siguió a Constanza por el corredor hasta el ascensor y la calle comercial, para poner metros a todo lo que daba la amplitud de su hábito religioso, que no era poco, con el edificio desde donde Sebastián movía los hilos de aquella historia sin par, componiendo junto a la monja una curiosa estampa que no pasaba desapercibida entre los transeúntes. La cruz y la espada; ver para creer.
–Espérame un momento –le dijo Constanza al muchacho, detenido el avance sin previo aviso. Era la suya una voz severa, que obligaba a la obediencia aun cuando no había una nota más alta que otra–. Voy por las llaves del vehículo de la Orden –y sin más, entró en la pequeña capilla ante la que se habían parado, de donde escapaba un particular olor hecho de cera caliente y violetas. «Hermanas del Dolor de María», anunciaba una placa de metal bruñido.
Como ocurría en el resto de la estación, la presencia de vehículos privados era puramente anecdótica, hallándose estacionadas dos de aquellas curiosidades, dos motocicletas de líneas deportivas, frente a la capilla. «Viggo», llevaban escrito en las cachas laterales con letras futuristas. César había leído sobre los 120 cv de las Viggo, que les daban una aceleración de 0 a 100 en algo más de 3 segundos. ¡Genial! Junto a ellas, roja fuego una, dorada y negra la otra, un monovolumen, con más abolladuras que la Luna de Méliès, estropeaba el paraíso motero con su triste presencia de monstruo antediluviano. Un rosario colgaba del espejo retrovisor interior y una pegatina, con la silueta de un pez, aguantaba estoica la erosiva acción de las luces artificiales que iluminaban Rebis a todas horas del día. Sin otro vehículo al que dirigirse, César se desplomó con un bufido sobre el capó del monovolumen, y cuando fijó de nuevo la atención en las motocicletas vio sorprendido que una figura embutida en cuero se hallaba sentada a horcajadas sobre la dorada, la cabeza cubierta con un casco integral. La mujer –imposible ocultar tanta curva y contracurva en el festival para hormonas adolescentes que vestía–, tenía apoyado otro casco en el regazo, y sus ojos velados por la visera ahumada se hallaban fijos en él.
–¡Sube chico! –la voz de la hermana Constanza resultaba más inflexible al salir de las cavernosas profundidades del casco–. No tardaremos en llegar.
–Estooooo... 
–Y agárrate fuerte.
Giró la llave y con media vuelta de puño aceleró la bestia mecánica para cruzarse de mala forma con un camión de la compañía de refrescos Tombalina, que sólo pudo evitar el choque picando frenos hasta el fondo entre estrépito de latas y botellas de cristal. César, que había puesto tímidamente las manos apenas rozando la cintura de la monja, se vio obligado a rodearla con los brazos para no quedarse atrás, y la proximidad hizo que el olor del cuero bien curtido llenara sus sentidos con la fuerza de un perfume caro. «¿De qué va esto?», alcanzó a decirle allí donde tendría que estar su oído izquierdo.
–Nunca se sabe cuando hay que llevar un pedido urgente de rosarios –respondió Constanza volviendo a medias la cara, un punto socarrona. Se lo estaba pasando en grande a pesar de haber tenido que sustituir sus sobrios ropajes por aquel sucedáneo de dominatriz, pero no se podía conducir una Viggo con el vuelo del hábito batiendo el aire como las alas de una gallina vieja.
Tras una carrera demoníaca en la que la motocicleta sorteó el tráfico convertida en una línea dorada, Constanza detuvo la marcha en lo más profundo de un callejón cercano al domicilio de César, donde el chico se apeó con piernas temblorosas. Le devolvió el casco a la monja, que lo sujetó entre sus muslos para desasosiego del muchacho, descubriéndose ella también la cabeza. El cabello cortado a trasquilones, castaño a juego con sus ojos, estaba tieso por la electricidad estática, lo que le daba un aire muy fresco y juvenil, imagen que reforzaba la ausencia total de maquillaje, y César no pudo dejar de pensar que Constanza era la mujer más bella que había visto nunca, aun a riesgo de traicionar a su amada Julia.
–En breve recibirás un mensaje con la fecha y hora de tu primera reunión. Quince minutos antes de la cita fijada te estaré esperando en este mismo sitio.
»No nos conviene llamar la atención.
–Usted es una visión que jamás pasaría desapercibida –se despidió César de la figura que ya no era más que una gota de luz roja en el río del tráfico–, hermana Constanza.


B.A.: 2.018


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sábado, 24 de febrero de 2018

Érase un vez en Rebis - 20. Érase una vez en Rebis: Volumen 2


Resumen de los capítulos anteriores: Tras la reunión con los hiliones, Sebastián empieza a contarle a César cómo se creó la estación espacial Rebis.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Si los ejercicios en gravedad cero eran siempre un fiasco, lo de aquel día había sido una verdadera tragedia, tan embotada tenía César la cabeza. Los instructores Flú y Mota tuvieron que salir tras él cuando rebotó con más fuerza de la necesaria contra la pared exterior de la estación, vagando durante unos angustiosos segundos hacia la bóveda celeste mientras aleteaba inútilmente con los brazos, a la manera de los personajes animados. Y encima no sabía qué responder al implacable interrogatorio al que lo sometía Julia desde esa mañana –«¿Cómo te fue ayer con el teniente Faro? ¿Qué es lo que quería? ¡NO TE HABRÁ CASTIGADO…!»–. Así las cosas, el que Samuel lo arrancase de clase con la excusa de un reconocimiento médico fue de agradecer.

miércoles, 31 de enero de 2018

Érase un vez en Rebis - 19. Érase una vez en Rebis: Volumen 1



Resumen de los capítulos anteriores: Las señales así lo indican. Un señor de la guerra intergaláctico pretende someter a todos los sistemas en el mayor despliegue bélico que el Universo haya conocido. Contra él se han alzado Los Hermanos, y César será una pieza fundamental para la alianza. aunque eso signifique renunciar a su vida en Rebis.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Una losa de incomodidad cayó sobre César tras el click de la puerta al cerrarse. Su enigmático anfitrión jugueteaba de nuevo con los pulgares, aunque en esa ocasión acompañaba el entretenimiento con una cancioncilla entonada. Cuando el estribillo se hizo hueco a empujones en el cerebro entumecido de César, el muchacho se vio obligado a salir de su ensimismamiento al reconocer la sintonía de una serie muy popular en los círculos adolescentes. Podría ser algo premeditado… «Seguramente» era algo premeditado, pero su efectividad fue incuestionable, y César centró toda su atención en el viejo empresario. Sabía que se esperaba que fuera él quien diera el primer paso, y ya no tenía fuerzas para luchar contra aquella maquinaria desprovista de piedad; debía continuar la partida a la que se había comprometido a jugar.